Eran las 21:57. Salía a la hora de siempre. Siempre he encontrado extraña esta parte del centro de noche. Lleno de gente ebria, mujeres de piel oscura con ropas ligeras y tacones altos que resuenan en toda la calle. Uno que otro travesti. Una que otra familia todavía paseando por ahí. Y las luces. Esas miles de luces por aquí y por allá que marean, si bien son muchas ninguna pareciese iluminar como debería, y solo lo que se tiene son muchas luces tenues que molestan la vista. El típico olor a meado en las esquinas o en las puertas de locales cercanos. El viento lento y viciado que no mueve papel alguno. Creo que ese día mis sentidos estaban un poco más sensibles.
Pero ahí iba como siempre. Caminando escuchando un poco de música para amenizar el ambiente, con sigur ros en los oídos, o más bien dentro de la cabeza. Todo parecía ser una gran película, y la música la mejor banda sonora.
Como siempre baje los escalones de dos en dos saltando suavemente. Caminaba mirando a cada persona que se me cruzaba. Luego llegando al tren me acerque a los primeros vagones como de costumbre. Subí y me senté en el suelo. Miraba a cada persona. La mayoría de sus caras se veían cansadas, el entrecejo elevado y las comisuras de los labios hacia abajo. Un viejecito agarrado de un fierro iba durmiendo, y parecía muy cansado, pero un cansancio de vida. Una pareja se miraba y acariciaba, conversaban al oído y reían. Una mama con su hijo en brazos estaba con la mirada perdida en las luces del metro. Y otras personas por aquí y por allá estaban en lo mismo. Ese día el metro iba casi vacío. Por lo menos era yo el único que estaba sentado en el suelo habiendo asientos disponibles.
Ese día sucedió algo que nunca pude olvidar. El metro avanzaba para llegar a Baquedano, cuando una mujer que al parecer tenía mi edad estaba esperando el tren, tren que justamente paró frente a ella. Se subió con gracia y extrañamente se sentó muy cerca de mí. Yo que todavía escuchaba sigur ros mire hacia la puerta y cerré los ojos. Luego sentí que me miraban. Miro hacia mi lado y era ella, me estaba viendo. Hasta ese momento no me había dado cuenta que tan linda era. Seguía avanzando el metro cuando siento que me tiran del audífono sacándolo de mi oreja. Y una voz suave y tímida me dice –me gusta sigur ros- y comenzó a tararear la canción que escuchaba. La mire. No pude despegar la mirada de aquellos ojos que encontré. Sonreímos. Y solo nos besamos, larga y tiernamente. Llegué a Pedrero no se cómo y me baje atontando. Me quedé mirando como el tren se alejaba. Y regrese a mi casa. Con algo en el pecho.
Desde ese día siempre intento regresar a la misma hora, y me voy en el mismo lugar. Y ahora que lo pienso quizá esto nunca pasó, solo fantasee con ello. O quizá fue un sueño al quedarme dormido como siempre en el metro. Algo así no pasa.
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